Alimentación probiótica: enfoque médico

Autor: Dra. Jimena Ricatti para Estudio Crudo, clickea aquí para ver la publicación original.

La microbiota es una comunidad ecológica de microorganismos comensales, simbióticos y también microorganismos patógenos que literalmente comparten nuestro espacio corporal (Lederberg & McCray, 2001). En 1977, el microbiólogo Dwayne Savage afirmaba: “El cuerpo humano es habitado por al menos 10 veces más cantidad de bacterias que células que componen el cuerpo mismo, y la mayoría de esas bacterias se encuentran en el tracto gastrointestinal”.

La superficie de la mucosa gastrointestinal humana es de aproximadamente 200-300 metros cuadrados y está colonizada por una cantidad aproximada 10 (elevado a la 13 potencia) de microorganismos, que se encuentran principalmente en el colon. Estos microorganismos son mayoritariamente bacterias anaerobias, pero también se encuentran levaduras (hongos unicelulares) y virus. En cuanto a las bacterias, existen alrededor de 400 especies y subespecies y su prevalencia depende del pH de la mucosa intestinal, la peristalsis, la secreción de mucina, la competencia bacteriana, la dieta y disponibilidad de nutrientes.

Roles de la microbiota en la salud humana

Una de las funciones principales de la microbiota radica en la diversidad de microorganismos benéficos, representando una gran estrategia para contrarrestar la proliferación de otros microorganismos que son potencialmente patógenos. Como en todo ecosistema, sobrevive el más fuerte, y alimentarnos bien produce un efecto muy positivo a nivel microbiológico, ya que genera un microambiente favorable para la supervivencia de los microorganismos benéfico. Cuando este equilibrio se altera, la flora benéfica se debilita, dando lugar al crecimiento de aquellos microorganismos que pueden causar enfermedades.

Otra función muy importante que cumplen las bacterias de la microbiota es la de entrenar al sistema inmunológico para que sea capaz de reconocer agentes nocivos. Hay un gran grupo de enfermedades que se producen por una falla en este entrenamiento, y son las bacterias las que actúan como mediadoras colaborando con las células linfáticas para que ese mecanismo no falle.

En cuanto a las funciones metabólicas, las bacterias colónicas tienen la enzimas necesarias para digerir algunos azúcares y fibras vegetales. También participan en la producción de vitaminas del complejo B y vitamina K, y en el metabolismo de algunos minerales, como el calcio, el magnesio y el hierro.

Uno de los aspectos más relevantes en la fisiología humana es la existencia de un Eje Cerebro-Intestino-Microbiota. Este eje representa un canal de comunicación bidireccional, conectando el cerebro, el intestino y la microbiota por medio de moléculas que regulan su función. Por ejemplo, ciertas moléculas producidas por la microbiota actúan como mensajes que llegan al cerebro, produciendo un efecto directo sobre mecanismos específicos.

Dentro de esas funciones podemos encontrar la regulación del cortisol, que es la hormona del estrés, la producción de citoquinas, que son moléculas que median las respuestas inflamatorias, y el metabolismo de ciertos aminoácidos como el triptofano y de los ácidos grasos de cadena corta (SCFAs).

Sin embargo la función más interesante, al menos desde el ojo de la neurociencia, es que la microbiota se comunica con el cerebro usando el idioma propio del sistema nervioso: los neurotransmisores.

La dopamina, la serotonina y el GABA pueden llegar desde la pared intestinal al cerebro y modificar incluso la conducta humana.

Eje cerebro-intestino-microbiota. Sistemas y moléculas involucradas. La hilera de rectángulos representa las células de la pared intestinal. Traducido y modificado del artículo publicado por Wang y col., 2016.

Como la microbiota es un micro ecosistema que funciona dentro del cuerpo, nuestro entorno y lo que comemos puede modificar el equilibrio de esa comunidad de microorganismos. La disbiosis es el desequilibrio funcional de microbiota, que puede estar causada por múltiples factores, principalmente la exposición a la industrialización. Las personas que habitan en zonas más rurales presentan una microbiota más robusta y resistente en comparación con quienes viven en zonas altamente industrializadas. También en zonas rurales la dieta es principalmente prebiótica, caracterizada por alimentos ricos en hidratos de carbono no digeribles por nuestras enzimas, pero que son el alimento perfecto para la microbiota.

La industrialización produce como consecuencia, el daño de la microbiota por factores que alteran el equilibrio, como por ejemplo, la ingesta de alimentos combinados con diversos compuestos químicos, alimentos altamente refinados, con una cocción industrial excesiva o expuestos a frituras profundas, y la ingesta de altos niveles de grasas y azúcares. Otros factores que también conducen a la disbiosis son la sobre exposición a terapias antibióticas y la presencia de elevados niveles de polución ambiental.

Todos estos factores conducen a un des balance orgánico que afecta principalmente a la microbiota, induciendo la aparición de un estado pro-inflamatorio intestinal.